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‘Che, sigamosle el rastro a esto’

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‘Che, sigamosle el rastro a esto’

‘Che, sigamosle el rastro a esto’
Una crónica del Museo del Cine de Buenos Aires
Por Natalia Castro Gómez
CORRESPONSALES

Edición: Carolina Ángel Idrobo 
Fotografías: Pilar Pedraza

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El Pablo Ducrós Hicken tiene uno de los patrimonios cinematográficos más importantes de Latinoamerica. Su historia, que se remonta a la década del setenta, es un agotador peregrinaje entre el intento de preservar la memoria fílmica y el desinterés estatal.

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Acumular imágenes es una forma de la memoria
Volverlas disponibles es necesario para desglosar la huella
por la cual seguir andando.
– Albertina Carri

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En julio de 2008 Paula Félix Didier, directora del Museo de Cine Pablo Ducrós Hicken, y el coleccionista Fernando Peña encontraron la única versión completa que quedaba de Metrópolis, film de ciencia ficción realizado por Fritz Lang en 1927. El negativo estuvo perdido desde la segunda guerra mundial hasta que los investigadores descubrieron que la lata guardada en este museo porteño era la única que quedaba en el mundo. Un hallazgo significativo para la historia del cine. Noticia internacional. Se abría una posibilidad para la preservación audiovisual en el país y el consecuente mantenimiento del lugar.

Cuatro años más tarde el sueño pende de un hilo. El museo continúa en el segundo piso del edificio del Correo Nacional Argentino casi como un intruso, mezcla de bodega escondida de película ciberpunk y salón congelado por la máquina del tiempo. Un letrero informa que está cerrado porque la seguridad fue retirada por el gobierno de la ciudad. ‘Sepan disculpar las molestias que esto pueda ocasionar. Toque el timbre’, concluye el anuncio.

Al interior, escritorios roídos por el tiempo, silletería de teatros desaparecidos, un maniquí y una moviola con negativos empolvados pendiendo de los carretes, a manera de decoración en los pasillos vacíos. En un cuarto, sesenta y cinco mil latas de películas rescatadas del óxido y el olvido. En otro una biblioteca especializada: mitad guardada en cajas, esperando una mudanza incierta, y otra mitad abierta al público –cuando el jefe de gobierno de la ciudad devuelva el personal de seguridad-. Cinco mil afiches, cuatro mil guiones, quinientas piezas de vestuario, más de setenta mil fotografías. Soledad. La memoria del cine nacional en condiciones que difícilmente cumplen con los requerimientos de temperatura y humedad para su preservación.

Aquí todos: empleados, libros, revistas, mobiliario y películas, son pasajeros en tránsito que esperan ser ubicados en un lugar que cumpla con la características necesarias para conservar, exhibir y difundir el patrimonio cinematográfico argentino.

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Artesanos de imágenes del pasado

Tun turuntuntun. Suena la melodía de Sucesos Argentinos. Turuntuntuntuntuntun: “Buenos Aires padece un permanente bombardeo de humo”, relata la voz solemne en la banda de sonido, que se desliza acelerada por las bobinas de una moviola. Turuntuntun. “El invasor penetra por las ventanas”, continúa la voz del noticiero emblema de la realidad argentina, emitido en las salas de cine entre el 38 y el 72, antes de cada película.

Estamos en el taller de restauración. Dos salones pequeños, rodeados por posters del cine de los 50´s, con latas de películas, cajas, máquinas donde se revisan y preparan los negativos para ser digitalizados y moviolas del 45, usadas para montajes. Andrés Levinson, investigador del museo, ensaya una y otra vez la misma cinta. Debe lograr que los dientecitos de la moviola se enganchen con las perforaciones de la banda de sonido. Pero la banda es una serpiente transparente que no quiere ser mordida. Se dispara. Se sale. Suena de nuevo, esta vez hacia atrás, como un mensaje subliminal. Risas. Otro intento. Se llama tipear: mirar si la banda de sonido coincide con la imagen.

-¡Ché Felipe, ya se lo que pasa¡-, le dice a su compañero, que al otro lado de la sala revisa con minucia de relojero otro negativo de Sucesos Argentinos sobre Ushuaia, que será digitalizado y presentado en una muestra en Tierra del Fuego. -El problema de esta lata es que tenía dos bandas de sonido. El noticiero tiene siete notas, las siete hablan de un incendio en California, vamos a ver si corresponde-, concluye con paciencia.

Como a bordo de un transbordador espacial, Andrés mueve las manijas de la moviola y todo el mecanismo responde con exactitud. La banda se deja morder y gira inundándolo todo con el olor avinagrado característico de los negativos de nitrato. Turuntuntun. Llega una voz desde otro tiempo. Levinson revisa la ficha donde están catalogadas las imágenes. La nota no coincide, arranca por la cuatro que corresponde al humo pernicioso, él esperaba un incendio. Felipe y Andrés tejen y destejen.

Este material, como todos los que se digitalizan, queda a disposición de documentalistas, cineastas y productoras de televisión que trabajan con imágenes de archivo, evitando que se deterioren con la manipulación. Pero antes de que las películas llegaran hasta aquí tuvieron que recorrer un largo camino.

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El azaroso camino de las películas perdidas

Paula Félix llegó a las películas perdidas con curiosidad de historiadora. Corría la década del ochenta y aunque existían la televisión y el VHS, encontrar films para escudriñar el cine argentino de los 30, resultaba una proeza. ¿A dónde iban a parar esas imágenes que retrataban la vida de la clase media porteña y se exhibían en las salas del centro?

Después de que una película pasaba por una sala, a no ser de que fuera Lo que el viento se llevó y la gente tuviera tantas ganas de verla como para re estrenarla cada tanto, se convertía en una carga. Si el film era comercial se quedaba, de lo contrario, desaparecía. Durante mucho tiempo no hubo ninguna alternativa de conservación. 

Y es que las películas que solían guardar los estudios para exhibirlas en las salas de cine, pasaban por la mutilación de proyeccionistas que las trataban con descuido, cortando y pegando una y otra vez los finales de acto. El uso iba rayando el proyector y deteriorando la imagen y, como cualquier objeto sin valor, al final se olvidaban y se tiraban. Así el cine argentino, uno de los más representativos de América Latina, se refundió permanentemente. Con el paso del cine mudo al sonoro muchos productores entraron en quiebra y sus materiales se perdieron. De repente, un punto de giro, la aparición de un coleccionista podía cambiar la historia. Pero había pocos interesados. Para guardarlas se necesitaba espacio y era peligroso: hasta la década del cincuenta las películas eran de nitrato, material altamente inflamable, que nadie quería tener en su casa. Para evitar tragedias, los productores las dejaban en guarda en el laboratorio. No evitaban las tragedias.

El 8 de enero de 1969 se incendió Alex, el laboratorio más importante de la época. Incontables negativos del cine nacional desaparecieron entre las llamas. Las películas que sobrevivieron permanecieron escondidas, sucesivos olvidos, sucesivos gobiernos, en el sótano de la Escuela Nacional del Cine, hasta que Fernando Peña y Octavio Fabiano, otro coleccionista comprometido con la búsqueda de patrimonio fílmico argentino, las encontraron. Luego invitaron a Paula a participar en la organización del archivo.

Corría la década del ochenta. Recién despertaba la conciencia de un trabajo sistemático para guardar los relatos visuales del cine, el video y la televisión. Las películas recobraron un valor comercial que durante mucho tiempo había sido cultural. A pesar de contar con poquísimos recursos, el equipo de voluntarios se dio a la tarea de rescate fílmico: durante tres o cuatro años bajaron latas, limpiaron y revisaron negativos, ordenaron y juntaron tomas, catalogaron imágenes. Pero el concepto de conservación vino mucho después.
Cuando te acercas a la historia del cine sabes de muchas películas que nunca se vieron. Y es que, desde la década del 50 el Estado argentino estimula la producción pero olvida la preservación. Así, el azaroso recorrido por el cual una película se puede perder está conectado con el camino por el cual se puede conservar. Entonces hay que abrazar la búsqueda.

“Si hay tiempo y se puede distraer la cabeza, decimos Ché, sigámosle el rastro a esto”, reflexiona Paula. Salir a buscar donde la intuición anuncie que puede existir un indicio: reparticiones públicas, instituciones oficiales o privadas, los propios realizadores o sus familias. “La mayoría de las veces la película no está más, pero otras sí. Sólo necesitaba que alguien la rescatara”, continúa… De repente se acuerda que el productor de Diego Lerman quiere donar una copia de La mirada invisible. Entonces le dice a Andrés:

– Eso te tenía que recordar ¡Hay que llamarlo!-.
“Cuando vas tras una película y encontrás rastros cercanos en el tiempo supones que tiene muchas posibilidades de existir”, explica Andrés. El rastro está grabado en el detalle más sutil, la publicación de un comentario o el recuerdo de alguien que la vio. De algún modo las películas tienen visibilidad, aunque sea mínima. “En cambio, si el rastro se perdió en el 30 o el 40, es rarísimo”, concluye con precisión de historiador.

En otros casos, como el del portero de un convento del microcentro que halló latas de películas junto a la basura, la gente llama al museo. Los investigadores van a revisar el material, generalmente son películas muy dañadas, oxidadas, y su restauración es poco probable.

Entre los ires y venires por calles, salones y archivos, aparecen también películas desconocidas, nunca registradas en los libros. En ese caso, no sólo se encuentra una cinta, se abren nuevas grietas en la historia del cine argentino.

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Mantener la calma y seguir adelante

Sucesivas mudanzas y carencia de personal capacitado, desde que se inaugurara el museo en 1971, hacen que su colección sea poco explorada. Por eso es común abrir las latas y encontrar títulos nunca imaginados. Y así como un día Paula y Fernando se toparon con Metrópolis, el equipo de trabajo del museo ha hallado films representativos de la primera etapa del cine nacional como: Las operaciones del Doctor Posadas (1899), El último Malón (1918), La mosca y sus peligros (1920) y En el infierno del Chaco (1932). Los títulos se extienden en los géneros y el tiempo, mientras el museo es reubicado una y otra vez. Siete veces en cuarenta años. Nunca con las condiciones necesarias para albergar una colección tan importante.

En la década del 90 surgió el proyecto de construcción del museo ideal. El gobierno de la ciudad parecía cumplir. La propuesta se materializaba. La posibilidad de una sede propia se vislumbraba. Provisionalmente mudaron el patrimonio al edificio del Correo Nacional Argentino, en la calle Feijoo. El plan era mantener un galpón para guardar los archivos mientras se levantaba la construcción, pero en vísperas de la obra vino la crisis del 2001 y el dinero desapareció. El gobierno se comprometió a conseguir nuevos recursos. El tiempo pasó entre licitaciones y trámites que se complicaron con el cambio gubernamental. El mandatario siguiente se sorprendió con el proyecto: ¿museo del qué? Y confirió lugar y recursos al Museo de Arte Moderno. Así, la idea de una sede propia del Pablo Ducrós Hicken, se diluyó.

El problema es la tensión política. Cuando hicieron el traslado al edificio del correo, el gobierno de la ciudad y el de la nación eran afines: no hubo ninguna dificultad para alquilar el espacio. Hoy, el Museo del Cine es un inquilino incómodo. Además del correo, en el edificio está el puesto de mando electoral. En época de elecciones, tres mil quinientas computadoras y cientos de urnas lo ocupan para el conteo de votos. Es sin duda, un lugar de poder.

“No nos quieren acá, nos están haciendo la vida imposible para que nos vayamos, pero no tenemos a dónde”, dice Paula indignada. Su pelea ahora es esta: pedirle al gobierno nacional que por jorobar al jefe de gobierno porteño no la joroben a ella y al gobierno local que, aunque no le importe, resuelva esta situación que afecta la memoria cultural del país. No por casualidad en su oficina, destacándose entre objetos de utilería que no tienen lugar, un letrero dice: ‘Mantener la calma y seguir adelante’. Y siguen adelante.

El Museo de Cine, al ser la única institución encargada del patrimonio fílmico, devino en un híbrido de tres cabezas: difusión, educación, rescate y restauración, que dificulta su funcionamiento. Las labores sobrepasan la categoría de museo que administrativamente corresponde a la Dirección Nacional de Museos. Y de nuevo este es un problema del pasado: en 1999, el Congreso sancionó la Ley 25.119, que daba origen a la Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional. El legajo reposó durante una década en un anaquel de la casa de gobierno, hasta que en agosto de 2010, firmaron la reglamentación requerida para crear el organismo. Dos años después, el trámite administrativo sigue en curso.

En medio de la interminable burocracia, el 1 de agosto de 2011 el museo fundado por donación del patrimonio del historiador y coleccionista Pablo Ducrós Hicken, conmemoró su aniversario número cuarenta. Después de esperar por diez años, recibió una sede que funciona como sala de exposiciones públicas en el barrio La Boca. Allí concluirían su periplo archivos y empleados. Lamentablemente la historia se repite: Hoy sólo una pequeña sala proyecta menos del cinco por ciento del patrimonio. El espacio continúa sin ser acondicionado y películas, afiches, guiones, piezas de vestuario y fotografías, esperan en la sede del edifico del Correo Argentino.

Cae la tarde. 6:30 PM. Paula, Felipe y Andrés se sumergen en las imágenes del pasado. En la calle Feijoo se abre el horizonte. Muy cerca edificios carcomidos por el tiempo resisten también al abandono: el hogar de ancianos Dr. Rawson, el Hospital Nacional Dr. J.T Borda y el Hospital Neuropsiquiátrico Dr. Braulio Moyano. Grafitis denuncian el cierre de las instituciones públicas, murales que denuncian y dibujan la esperanza. El cielo azul, invierno, nubes que desaparecen deprisa. Si esto fuera una película, el patrimonio fílmico nacional tendría un lugar digno para descansar después de recorrer el tiempo, las ciudades y el olvido. Pero esto no es una película.

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Natalia Castro:
Historiadora de la Universidad del Valle. Ciberpoeta y comunicadora independiente Integrante de la colectiva Féminas Festivas de Cali. Actualmente cursa la maestría Periodismo Documental de la Universidad Nacional Tres de Febrero en Buenos Aires, Argentina.

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